Novedades en el frente

Principio de marzo, la primavera ya se empieza a asomar y a mi se me ocurre desempolvar el blog. Y es que la ocasión lo merece, porque… ¡ya somos 4 en casa! Todos estos meses los he dedicado a ponerme gorda y explosionar de amor, momento a partir del cual he pasado a invertir mi tiempo en acoplar al nuevo miembro y en disfrutar al máximo de mi SegundoBebé y mi recién ampliada familia.

El Parto

Los presagios más advertidos por todos y cada uno de los gines que me visitaron se cumplieron, así que sí, SegundoBebé nació ni más ni menos que el último día del año. Lo que viene siendo un ¿no quieres arroz? pues toma dos tazas; mi segundo hijo que tenía que ser el mayor de su generación acabó siendo el más pequeño de sus futuros compañeros de clase, de colegio y de estratosfera. A tan solo 6 horas de ser del año siguiente y concederle a su padre el favor de tener un mes de baja paternal… total, que le acabó haciendo un Jaaa-jaaa a lo Nelson en toda regla.

Me pasé el último mes de embarazo con bastantes contracciones de Braxton, de estas que no duelen pero sí molestan porque al mínimo movimiento se pone la barriga como una pelota de baloncesto hecha de hierro colado. Pero por lo demás, he tenido un segundo embarazo estupendo en el que me he encontrado como una rosa -GORDA, sí, pero una rosa al fin y al cabo-, por eso creí (ilusa de mi) que era más que factible que acabase pariendo en 2017 y que incluso al final hubiera que desalojar. Evidentemente no fue así y la madrugada del 30 al sábado 31 de diciembre, a eso de las 5:30 de la mañana, me despertó una contracción que no había tenido antes (como he dicho hasta el momento habia tenido algunas de Braxton y algún dolorcillo de regla aislado pero nada más), aquello había hecho algo de pupa así que me puse en tensión. Avisé a PapáKoala de como estaba el panorama y no va el muy cabrito y me dice que me estoy sugestionando y que no tengo contracciones… en fin, me aguanté mis ganas de estrangularlo e intenté seguir durmiendo porque parecía que la cosa se había relajado. A las 7 de la mañana mi cuerpo ya me estaba mandando señales porque aunque no tenía dolores estaba incómoda en la cama, así que decidí levantarme e irme al sofá. A lo largo de la mañana me volví a confiar porque aquello parecía estancado… me venían dolores cada media hora o así y eran más que soportables, así que decidimos salir a dar una vuelta. Peeero el cuerpo es sabio y mientras me estaba vistiendo me di cuenta de que mejor haría en estarme quieta y no forzar la máquina, así que a partir de ahi empecé a hacerme a la idea de que fuera como fuera, estaba a punto de caramelo ya que no estaba pudiendo hacer vida normal. Decidí aposentarme en el sofá y reducir mis movimientos al máximo en un intento desesperado por alargar el proceso, pero ni por esas… a las 15:30 de la tarde, después de que PapáKoala me alimentase como a un pajarillo para que no tuviese que moverme del sofá, las contracciones estaban subiendo de intensidad y acortándose el intervalo entre ellas así que decidí ir a tumbarme a la cama, decisión tan absurda como ineficaz. Tumbada duré apenas una hora porque aquello iba in crescendo así que a las 16:30 de la tarde, convencida ya de que lo de parir en 2017 se me escapaba de las manos, me metí en la ducha para que el agua caliente me alivise un poco el baile de san vito que llevaba, contracciones cada 10 minutos mediante. Tres cuartos de hora ni más ni menos estuve en la bañera, aullándole a la luna (discretamente, eso sí, no fuera a traumatizar a Koalín) en cada contracción que ya venían cada 5 mins. Os confirmo desde ya que la abultada factura del agua de ese mes valió la pena, pero no adelantemos acontecimientos…

Yo estaba muy agustico en el agua, bueno, todo lo agustico que se puede estar de parto, más que nada me aterraba salir de la bañera porque ya no podía casi ni moverme, pero PapáKoala me convenció de que ya iba siendo hora de ir al hospital o acabaría pariendo allí. Yo, que debía ya andar medio desquiciada mentalmente, aún seguía emperrada en esperar a las 18:00 de la tarde (ja! a esa hora me quedaban 5 minutos para verle la cara a mi hijo!) pero finalmente nos fuimos al hospital. Con cada bandazo del coche (un poco más y atropellamos a 2 o 3 personas en el trayecto) yo juraba en arameo, porque ya estaba notando una presión en los bajos difícil de soportar. Tal como entramos desde el mostrador me vieron ya mutada en niña del Exorcista, así que a toda prisa nos dieron una silla de ruedas (que menos mal, porque tuvimos que recorrer como 3 km) y ya entramos a urgencias de obstetricia. Allí nos hicieron el interrogatorio de rigor que contestó mi querido ya que yo no estaba en condiciones: -“¿Desde cuándo está con contracciones? – Desde las 5” -Contestó él. La matrona nos miró con cara de… “¿me tomas el pelo? pues qué floja eres, niñata primeriza (eran las 17:30 de la tarde). Con voz de ultratumba me apresuré a aclarar que nos referíamos a las 5 de la mañana y que era el segundo hijo, tras lo cual su expresión se suavizó. Me dijo que me tumbara en la camilla para proceder al tacto y yo, que apenas me tenía en pie, le dije que no podía, que era incapaz de moverme. A toda prisa me desnudaron entre PapáKoala y ella y me hizo un tacto exprés estando yo de pie. Al introducir menos de medio dedo empezó el show, llamó a todas las matronas que pululaban por allí y a gritos pidió que preparasen el paritorio ya que estaba en pleno expulsivo y acababa de tocarle ni más ni menos que la cabeza a mi hijo. Allí mismo dije que necesitaba empujar ya, y casi sin esperar autorización (mi cuerpo a estas alturas iba totalmente por libre) me puse a ello. Ahora me imagino desde fuera y pienso en el percal que tenían las pobres matronas, llevándome a rastras al paritorio, casi coronando, mi chico detrás cargando con mi ropa bolsa y demás y yo en modo locura transitoria.

Ya en el paritorio sentí que me flaqueaban las piernas, mi cuerpo estaba empujando con una fuerza que yo no controlaba. Era como si me hubieran expulsado de mi misma, yo ya no iba a los mandos. Le dijeron a PapáKoala (que como es evidente no llevaba ni bata verde ni ná de ná) que se pusiera detrás de mi para aguantarme, pero aquello no acababa de funcionar, me faltaban fuerzas para parir en cuclillas así que una de las matronas me animó a subirme a cuatro patas en la camilla, y así me puse (con ayuda por supuesto porque por mísma habría sido incapaz de subir). ¡Ahí sí que empezó el show!

atención! lo que sigue a continuación es un spoiler sin tapujos de lo que es parir sin epidural. Se recomienda a personas aprensivas no continuar con la lectura). Con cada contracción hundía la cabeza en la almohada de la camilla gritando hasta quedarme afónica (al día siguiente lo estaba, de hecho). Sentía literalmente que me estaba rajando por dentro, que en cualquier momento iba a oir un “crack”, eso o que me iba a morir directamente. La presión en la vagina, en la pelvis, en el culo, era insoportable… y entonces llegó el famoso aro de fuego, momento en el que la vagina llega al punto máximo de dilatación para dejar paso a la cabeza. Aquello quemaba, quemaba, quemaba de arriba a abajo, una vocecita en mi cerebro decía… pero vamos a ver señores, que no cabe! NO-CA-BE, que se rompe! Las matronas, en un momento dado, me indicaron que controlase muy bien el pujo para evitar desgarro. Previamente iban hablando entre ellas de lo enorme que era el bebé -cabeza incluída- y hacían porra sobre su peso. Lo cierto es que en el clímax de sufrimiento físico que estaba experimentando en vez de molestarme me ayudó que pusieran ese toque de humor.

Todavía no me lo explico, pero conseguí sacar la cabeza y después de aquello, el resto del cuerpo salió “fácilmente”. Jamás olvidaré esa sensación tan física, tan animal, de notar cómo mi hijo salía de mí… me dijeron que yo misma lo cogiera, así que literamente me lo pasé por entre las piernas y lo abracé mientras seguíamos unidos por el cordón umbilical, ya que expresé mi deseo de dejarlo latir hasta el final y que su padre lo cortase como así lo hizo. Finalmente me tumbé en la camilla con mi pequeño cachorrito encima, piel con piel, bien cerquita del pecho para iniciar la lactancia, y yo drogada de oxitocina, de amor, del olor a vida que emanaba su cabecita. Al poco alumbré la placenta, la miré y me seguí sorprendiendo de que algo tan feo sea a la vez uno de los mayores símbolos de vida que existen.

La parte más desagradable del parto fue la sesión de costura. Afortunadamente, y después de lo que podía haber sido, sólo tuvieron que coserme un punto superficial en el periné pero claro, aunque aplican anestesia local, notarlo lo notaba y no era agradable. Ahí, espatarrada, mientras me cosían los bajos entre temblores y me presionaban la barriga para que expulsase bien los restos y el útero empezara a reducirse, sólo podía pensar en que acabasen  de una santa vez y nos dejasen solos a los 3.

Segundo Bebé, a.k.a LindoGatito

Desde la primera noche en el hospital, mi segundo hijo ya me enseñó que cada bebé es distinto y que él no se parecía a su hermano Koalín: no lloraba, no pedía, dormía, se limitaba a hacer ruidos de gatito. También comprobamos que dormía igual de bien en la cama pegado a mi que en la cuna-nido solito, algo que confirmamos en casa con la minincuna. No habían señales de Alta Demanda en el horizonte, y de momento siguen sin haberlas.

Ahora que ya ha cumplido dos meses lo miro y agradezco al karma, al destino, a los dioses que nos lo esté poniendo tan fácil y que podamos seguir centrando nuestras energías en Koalín, que nos sigue necesitando tanto a pesar de sus casi 4 añitos. Afortunadamente, se lleva muy bien con su hermano a pesar de los primeros días en los que tuvo que darse de bruces con el destrone, y lo cubre de besos a la menor ocasión.

…A todo esto una servidora, ante semejante estampa, se ahoga en almíbar cual mamapata orgullosa…

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(imagen de google)

 

Me despido ya, espero que hasta pronto 🙂

 

 

 

 

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