Expectativas vs. Realidad

Este es mi primer post escrito desde el móvil, así que no sé cómo me saldrá… Pero mi necesidad de desahogo es tan grande y mis posibilidades de currarme una entrada como dios manda con el ordenador son tan escasas que prefiero arriesgarme.

Acabamos de llegar de “celebrar Carnaval” en la guardería, y lo pongo entre comillas porque ha sido cualquier cosa menos una celebración: al entrar por la puerta de la clase y vernos, E. Se ha tirado al suelo y al acercarnos se ha puesto a llorar escondiéndose entre mis piernas para acto seguido pedirme que le cogiera y que nos fuéramos.

No es la primera vez que nos la lía en actos sociales-fiestas-reuniones multitudinarias, de hecho íbamos bastante mentalizados porque lo conocemos y sabemos lo poco que le gustan este tipo de situaciones. Y es que desde que era un bebé se nos ha hecho muy difícil incluirle en cualquier evento que implique estar rodeado de gente, en sitios extraños o haciendo cualquier cosa que salga de su rutina… Las veces que lo hemos hecho el resultado ha sido tener al niño enganchado a nosotros llorando e irnos al poco rato de llegar con los nervios de punta.

Esto siempre me ha generado sentimientos encontrados: por un lado quiero a mi hijo tal y como es, acepto y respeto sus preferencias pero al mismo tiempo (supongo que por generarme expectativas poco realistas) no puedo evitar frustrarme e incluso enfadarme con él… No podría ser más abierto, menos tímido, menos llorón, más sociable, menos apegado a mi, más independiente? más más menos menos… Como yo quisiera, vaya. Y he ahí el quid de la cuestión, porque al final me acabo sintiendo mal por compararle con otros niños o querer que sea de tal o cual forma. Los niños son como son y punto, porque además tienen todo el derecho del mundo a serlo. Tampoco significa que vaya a ser siempre así, quizá simplemente aún no está preparado para enfrentarse a ciertas cosas. Me lo repito mientras se me van los ojos detrás de niñas vestidas de princesa saltando mientras sus padres les hacen fotos y niños corriendo felices, sin llorar, sin tirarse al suelo… Me lo repetía en la clase al ver a todos sus compañeros bailando y jugando mientras mi hijo lloraba y se escondía detrás de mi. Me lo repito sabiendo que no está preparado para actividades extraescolares, museos, teatro o cine…. Sabiendo que llevarlo simplemente a comer fuera ya es toda una odisea.

Sé que crecerá y no le veré el pelo en casa, cuando ahora apenas quiere pisar la calle. Crecerá y dejará de pedirme que le coja en brazos, dejará de marearme con síes que son noes y dejará de expresar todos sus sentimientos con el lloro.

Cuando llegue ese momento supongo que me reiré recordando lo huevón que era de pequeño y me vengaré contándoselo a sus novias y amigos… Mientras tanto, seguiré intentando aparcar mis expectativas y valorar lo especial y único que es mi koalita, en toda su esencia 😊.IMG_2574

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Horizontes Desafiantes

16 meses de maternidad dan para mucho. El camino recorrido es ínfimo, pero ya me ha permitido hacerme una idea de que nunca más volveré a aburrirme lo cual mola, pero también es agotador…
Koalín se está convirtiendo en una personita maravillosa que poco a poco va desarrollando su propia personalidad arrolladora. Sus progresos son vertiginosos y cada vez da más muestras de tener un carácter de agárrate y no te menees… y es que los terribles dos años aún están lejos, pero ya van apareciendo esporádicamente en forma de rabieteo. La última es que el señorito se niega a ir en el carro porque lo que quiere es caminar, correr, explorar el mundo, tocarlo todo y trepar por los sitios (cuanto más peligrosos, mejor). Así que cuando llega la hora de verse confinado y atado a esa tortura móvil infernal, tapado con un saco y ahogado por miles de capas de ropa, se resiste con uñas y dientes: se pone tieso como un palo, se escurre hacia abajo y mientras tanto me rompe los tímpanos con sus berreos (tiene unos pulmones que ya los quisiera Pavarotti para sí). El resultado es que muchas veces una servidora se rinde y lo lleva en brazos, o accede a dejarle caminar un rato… llegando a nuestro destino al cabo de 3h, of course, y con la espalda rota de aguantar sus 10kg y pico, arrastrar el carro vacío, bolso, etc etc. Una estampa enternecedora para el resto de madres, que me miran con lástima y compasión… e indignante para quien no tiene hijos y me lanza miradas reprobatorias (“vaya mierda de madre que cede a los chantajes de su hijo” –pensarán seguro… aunque a mi plin!).

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Por otra parte tengo la necesidad de desfogarme respecto a un tema tan bonito como peliagudo: la lactancia prolongada. Aaaay, qué bonita es la lactancia! “Qué supermami eres, cuanta paciencia!” –me dicen algunas amigas al saber que aún amamanto al querubín. Bueno, no sé si seré una supermadre, hay millones de mujeres que amamantan hasta que a los niños les crece su primer pelo en la barba… yo no llevo aún ni dos años (lo recomendado por la AEP y no se cuantas instituciones internacionales más). Lo que sí sé es que algo que hasta hace bien poco era placentero, bonito y relajante se está convirtiendo en un sacrificio.
Mi cachorro es muy de la teta: es su amante bandida, su tesoooro, su refugio. Y a mi me gusta, pero también temo estar criando un pequeño koala hitleriano con síndrome de abstinencia. Diría que el 80% de las veces que me pide es por buscar el contacto conmigo, no por hambre, porque como ya dije alguna vez come muy bien y de todo. El caso es que como buena criatura, no entiende de convencionalismos sociales y si se le antoja teta me abre el jersey y lo que surja en plena calle y delante del Sursuncorda. Entonces me toca intentar distraerle con cualquier cosa, a veces con éxito, a veces no (amén de escuchar toda clase de comentarios entre incrédulos y compasivos tipo… “aún le das pecho”???). A todo esto hay que sumarle la maldita erupción molar, que hace que use mis pezones como si fueran un chicle y aunque le diga que me hace pupa y demás no sé si no me entiende o no se quiere enterar, yeyé… porque me mira, se ríe, y sigue erre que erre así que me toca quitarle la teta e intentar que se vuelva a enganchar como Dios manda.
Por no hablar de las noches… Colechamos y eso ya nos hace dormir de aquella manera (no te tapes hasta arriba que ahogas al niño, mantén la misma postura que lo despiertas –y si tu espalda se anquilosa, ajo y agua-, y por supuesto recibe pataditas diversas del futuro crack del balón). Pero además hay que sumarle que la teta es elemento indispensable en su ritual de sueño, así que la necesita sí o sí tanto para dormirse la primera vez como para volver a coger el sueño si al cambiar de fase se despierta más de la cuenta. Resultado? Teta fuera toda la noche, frío y demás.
¿Todo esto me ha hecho plantearme el destete? Pues para qué nos vamos a engañar… sí. Los problemas que me encuentro son, por un lado, que no tengo ni idea de cómo afrontarlo con él… cómo conseguirlo. He leído acerca del llamado destete respetuoso basado en la técnica del no ofrecer, no negar pero, exquius mi, si no se la niego estamos igual, porque pedirla la pide! También he pensado en destetarlo solo de noche usando el método padre animada por algunos comentarios que aseguran haber mejorado mucho sus noches tras conseguirlo. Y, por último, tengo que enfrentarme a ese regustillo de pena que se me coge en el pecho (dónde sino?) cuando pienso en finalizar esta etapa que, por otra parte, ha sido tan intensa y bonita…
En fin, ya os contaré si hay alguna novedad al respecto. De momento, seguiremos asistiendo al hecho evidente de que el cachorrín se nos hace mayor… snif!

Abrazotes de koala.